MONA LISA, o la cortesana del velo de gasa[1].
El primero en asociar la pintura de Leonardo Da Vinci con La Mona Lisa, fue Cassiano dal Pozzo en 1625, leyendo a Vasari. Los indicios apuntan a que estuvo posando a lo largo de cuatro años. Resulta bastante anecdótico, que el mismo Vasari, el primero en hablarnos del pintor renacentista, jamás haya visto el retrato de Mona Lisa o La Gioconda. Lo que hizo fue leer los manuscritos de Leonardo y transcribir sus apuntes.
Adolfo Venturi identificaba en cambio a la cortesana del velo de gasa con Constanza de Avalos, Duquesa de Francavilla a petición de Julián de Médicis, supuestamente en Roma, año 1502. Tal hipótesis fue desvirtuada porque durante ese año Leonardo solo estuvo una corta estancia en Roma[2] y solo habría podido hacer un boceto. Ya se ha comprobado la identidad científicamente la identidad de Mona Lisa (Ver: Mona Lisa, La Gioconda)
En todo caso, el retrato de la Mona Lisa posee pasión y lucidez insuflada por el artista, voluptuosidad y espiritualidad, ironía y ternura, entrega y reserva. En ella están retratadas muchas mujeres. Según Leonardo: «Fare di fantasia apresso li effeti di natura”[3]
Algunos hablan de la sonrisa forzada de la Gioconda, de la vaciedad de su mirada, fría y pueril. Lo que no puede objetarse, es que la Mona Lisa marcó un hito: por la sencillez del atuendo, por las manos sin anillos, por su tamaño casi natural.[4]
Véase: Ginebra del Benci , The last Supper (la última cena)
[1] Así se relacionaba en los inventarios reales. Hasta que Cassiano dal Pozzo persuade al rey Luís XIII que dicho retrato corresponde a “una tal Gioconda”.
[2] Haciendo unos proyectos para César Borgia.
[3] Algo así que cuando un artista pinta una modelo no debe preocuparse excesivamente del parecido físico.
[4] BÉRENCE FRED. Leonardo da Vinci Obrero de la inteligencia. Segunda edición, biografías Gandesa, Exportadora de Publicaciones Mexicanas S.A., 1952



















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