Théodose Ier, Teodósio I.(Cauca, actual España, h. 347-Mediolanum, hoy Milán, 395) Emperador romano (379-395). Hijo del general hispano Flavio Honorio Teodosio[1], luchó junto a él en Britania (367-370) y en África (373-375). Tras la ejecución de su padre (376) en oscuras circunstancias, se retiró a su Cauca natal. En el año 378, sin embargo, el emperador Graciano le encomendó la pacificación de los godos que devastaban los Balcanes y, al año siguiente, decidió nombrarlo Augusto, confiándole el gobierno de la mitad oriental del Imperio Romano. Teodosio se estableció primero en Tesalónica y más tarde en Constantinopla, desde donde inició la reorganización del ejército y expulsó a los godos de Tracia.
En el ámbito religioso[2], convocó el primer concilio de Constantinopla (381)[3], reunión que supuso la confirmación de la doctrina de la consustancialidad de las tres personas de la Santísima Trinidad y la condena del arrianismo. Dos años más tarde, el emperador de Oriente asoció a su hijo primogénito, Arcadio, al poder.
En el 388, algunos años después del asesinato de Graciano (383), derrotó al usurpador Máximo y cedió el trono de Occidente al jovencísimo Valentiniano II, hijo del difunto emperador, lo cual le permitió controlar la totalidad del Imperio desde Milán.
De regreso en Constantinopla (391), Teodosio prohibió la práctica de cultos paganos, influido por san Ambrosio, obispo de Milán.
En el 392, el descontento generado por esta medida cristalizó en una revuelta que acabó con la vida de Valentiniano II y facilitó la proclamación del retórico Eugenio como emperador de Occidente. Teodosio, sin embargo, se opuso a esta usurpación y elevó a Honorio, su segundo hijo, a la dignidad de Augusto. Tras derrotar a Eugenio (394), Teodosio aglutinó el Imperio Romano, desde Escocia hasta Mesopotamia; sería la última reunificación imperial, ya que a su muerte, acaecida en el 395[4], Arcadio le sucedió en Oriente y Honorio en Occidente, con lo que el imperio quedó definitivamente dividido. [5]
«Teodosio I tendía al derroche, a la ostentación palaciega, al nepotismo y, no en último lugar, a una enorme explotación económica, sobre todo de los campesinos y los colonos. Incluso tras la confiscación de todos los bienes obligaba a los deudores, por medio de la tortura, a seguir pagando, con la esperanza de que los parientes ayudaran al desafortunado. Sin embargo, era estricto con la honestidad. Aun en contra de uno de los muchos fieles cónyuges imperiales, excluyó el adulterio de sus amnistías y castigaba con dureza el segundo matrimonio de una viuda celebrado antes de finalizado el año de luto. Incluso se ajusticiaba a los acusados de adulterio que, aunque absueltos, se casaban entre ellos. A los pederastas se les quemaba en público delante del pueblo, una pena de muerte agravante frente al Antiguo Testamento y a un edicto de Constantino…Sus fuerzas combatientes comprendían 240 unidades de infantería y 88 regimientos de caballería, sus «tropas defensoras de la frontera», 317 unidades de infantería y 258 de caballería, además de 10 flotillas fluviales, que sumando daban en total medio millón de soldados. Mediante una fórmula creada en su reinado, tenían que jurar, por la Santísima Trinidad y por el emperador, amar y honrar a éste inmediatamente por detrás de Dios.»
Dentro de sus virtudes destaca el haber defendido a los judíos, un tanto tímidamente si se quiere: «Aunque les excluyó de poder adquirir esclavos cristianos y castigaba con la pena de muerte los matrimonios entre judíos y cristianos, por otro lado les liberó, junto con los samaritanos, de la inclusión forzosa en la corporación de navieros o de buques mercantes (naúkleroi), que iba unida a unos tributos considerables, y prohibió a los tribunales inmiscuirse en sus disputas religiosas. En el año 393 decretó «que la secta de los judíos no está prohibida por ninguna ley», se mostró «muy preocupado porque en algunos lugares se prohíben sus asambleas», pedía una protección especial para el patriarca, la cabeza de todas las comunidades judías, incluyendo a sus apóstoles y exactores de impuestos religiosos, y exigió el castigo riguroso de todo aquel que, por razones de la fe cristiana, desvalijara o destruyese sinagogas.»[6]
[1] Su padre, de nombre homónimo, un cristiano «ortodoxo», había ostentado ya el cargo de magister equitum praesentalis antes de perderlo, junto con su cabeza, bajo el hacha, por orden del católico Valentiniano.
[2] Pero vaya paradoja, supo reconocer a los Luciferianos como ortodoxos: Los luciferianos, «los que profesan la verdadera fe», rechazaban a los católicos como cismáticos, censuraban su pertenencia al Estado y la avidez de sus prelados por los honores, la riqueza y el poder, las «lujosas basílicas», las «basílicas rebosantes de oro, revestidas de suntuosos y costosos mármoles, con ostentosas columnas», «los extensísimos bienes raíces de los gobernantes».
[3] En 381 Teodosio nombra patriarca de la capital al jurista Nectarios, un laico que ni siquiera está bautizado y que es un perfecto desconocido en los círculos eclesiásticos, razón por la cual todavía no se le odiaba. Inmediatamente después de ser bautizado se le consagra obispo. Ningún niceno, que antes con tanta frecuencia pregonaban en voz alta la libertas ecciesiae, protesta contra la arbitrariedad del emperador. Al contrario, también el sínodo de Roma (382) aprueba la elección.
El emperador ya perseguía desde el año 381 a todos los cristianos de confesión diferente, cuando, mediante el decreto del 10 de enero, ordenó a todas las Iglesias sin excepción unirse a los ortodoxos y no tolerar más el culto «hereje». Envió a su general Sapor a Oriente para expulsar de las iglesias a los obispos arríanos. Por doquier se les persiguió con rigor, aunque gozaron todavía del apoyo de los godos por espacio de algunas décadas. Ese mismo año siguieron algunos otros decretos de religión a favor de los católicos y para combatir a sus oponentes. Teodosio continuó ahora, lo mismo que Graciano, la persecución de los marcionitas iniciada por Constantino, aunque con mayor brutalidad. Hizo pedazos ante sus propios ojos las peticiones de los obispos «herejes». Se prohibió a los cristianos no católicos el derecho de reunión, de enseñanza, de discusión y de consagración de los sacerdotes. Se confiscaron sus iglesias y centros de reunión, que pasaron a manos de los obispos católicos o del Estado, y se limitaron sus derechos civiles. Se les impidió el acceso a la carrera del funcionariado, se les negó la capacidad de legar y heredar, amenazándoles de vez en cuando con el embargo de sus bienes, el destierro y la deportación. Se atacó, entre otros, a los eunomianos, que en una ley del 5 de mayo de 389 eran ridiculizados como spadones (castrados). Se les retiró el ius militandi y testandi, es decir, el derecho a ser funcionarios en la corte y en el ejército, así como a hacer testamento o ser tenidos en cuenta en los testamentos. Al morir, todos sus bienes pasarían al fisco. (Su cronista será Filostorgios.) Por pertenencia al maniqueísmo, que en el Códice Teodosiano es la secta que con mayor frecuencia se cita y contra la que se lucha mediante veinte leyes, el emperador impone el 31 de marzo de 382 la pena de muerte. Pero también estaba vigente para los encracitas, que rehusaban la carne, el vino y el matrimonio, los sacóforos, que usaban ropas bastas como manifestación de su ascetismo, y los hidroparastacios, que celebraban la eucaristía con agua en lugar de con vino. La policía estatal debía seguir la pista de todos los «herejes» y llevarlos ante los tribunales. A los denunciantes se les levantaban las penitencias habituales en la época. Incluso muchas veces se recurría a la tortura. ¡Sí, en el año 382 ya se presagiaba el término Inquisición.
[4] 17 de febrero de 395, fallece de hidropesía.
[5] Diccionario Interactivo de Biografías Océano. 2004
[6] Deschner Karlheinz. Historia criminal del cristianismo (Kriminalgeschichte des Christentums). La época patrística y la consolidación del primado de Roma. Colección Enigmas del Cristianismo, Ediciones Martínez Roca, S. A, Barcelona 1991


















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