El IV concilio de Letrán fue convocado por Inocencio III en 1213 y a él asistieron cuatrocientos obispos y ochocientos abades de toda Europa, embajadores del emperador y los reyes de Francia, Inglaterra, Aragón y Hungría.
¿Cuál fue el objeto del IV concilio de Letrán?
Condenar las herejías y afirmar la autoridad pontifical. Los tres primeros concilios de Letrán habían revelado[1], por el número creciente de participantes y por la autoridad de los que los convocaron, una iglesia-latina- cada vez más consciente de su misión y de su poder.
El IV concilio de Letrán consagró esta supremacía pontifical. Jamás el poder de la Iglesia de Roma apareció tan grande como en esta ocasión. Como resultado de este concilio se emitieron 20 cánones. Los principales decretos allí logrados fueron: la condena de los cátaros, de la herejía de Berenguer sobre la eucaristía (afirmación de la transubstanciación) y de la de Gioacchino da Fiore (herejía trinitaria); organización de la inquisición; obligación de la confesión y la comunión pascuales; numerosos decretos de reformas concernientes a la jerarquía y, en particular, al ministerio pastoral…medidas vejatorias contra los judíos.[2]Pero también se adoptaron medidas políticas en este Concilio de Letrán: transferencias del condado de Tolouse a Simón de Montfort, condena de los rebeldes ingleses contra Juan Sin Tierra, etc. Estas medidas llevaron al papado a un terreno peligroso: el de las luchas puramente políticas, que a la larga conducirían al gran Cisma. A este respecto, la elección de Lyon para la celebración de los concilios siguientes es muy reveladora.[3]
[1] En el II Concilio de Letrán se había prohibido absolutamente el matrimonio de clérigos investidos de las órdenes mayores.
“En el concilio III de Letrán (1179) —que también puso los cimientos de la Inquisición— el papa Alejandro III forzó una interpretación restringida del canon sexto de Calcedonia y cambió el original titulus ecclesiae —nadie puede ser ordenado si no es para una Iglesia concreta que así lo demande previamente— por el beneficium —nadie puede ser ordenado sin un beneficio (salario gestionado por la propia Iglesia) que garantice su sustento—. Con este paso, la Iglesia católica traicionó absolutamente el Evangelio y, al priorizar los criterios económicos y jurídicos sobre los teológicos, daba el paso decisivo para asegurarse la exclusividad en el nombramiento, formación y control del clero.”
[2] “Poco después, en el concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III cerró el círculo al decretar que la eucaristía ya no podía ser celebrada por nadie que no fuese «un sacerdote válida y lícitamente ordenado». Habían nacido así los exclusivistas de lo sacro, y eso incidió muy negativamente en la mentalidad eclesial futura que, entre otros despropósitos, cosificó la eucaristía —despojándola de su verdadero sentido simbólico y comunitario, reduciendo a los fieles a ser meros espectadores y consumidores de un acto ritual que les resultaba ajeno— y añadió al sacerdocio una enfermiza —aunque muy útil para el control social— potestad sacro-mágica, que sirvió para enquistar hasta hoy su dominio abusivo sobre las masas de creyentes inmaduros y/o incultos. Otra consecuencia fue que el clero se llenó de vagos deseosos de vivir sin trabajar —ya que eran mantenidos y no debían ganarse el sustento por ellos mismos como había hecho la gran mayoría de los sacerdotes anteriores— que abocaron a la Iglesia hasta la etapa de corrupción sin igual de los siglos XIV y XV, desencadenante de la Reforma protestante liderada por Lutero.”
Esta cita textual y la anterior fueron tomadas de: Rodríguez José, Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica, Ediciones B.S.A., 1997, Barcelona.
[3] Gran Larousse Universal. Editorial Plaza & Janés, Barcelona 1998
¿Cuál fue el objeto del IV concilio de Letrán?
Condenar las herejías y afirmar la autoridad pontifical. Los tres primeros concilios de Letrán habían revelado[1], por el número creciente de participantes y por la autoridad de los que los convocaron, una iglesia-latina- cada vez más consciente de su misión y de su poder.
El IV concilio de Letrán consagró esta supremacía pontifical. Jamás el poder de la Iglesia de Roma apareció tan grande como en esta ocasión. Como resultado de este concilio se emitieron 20 cánones. Los principales decretos allí logrados fueron: la condena de los cátaros, de la herejía de Berenguer sobre la eucaristía (afirmación de la transubstanciación) y de la de Gioacchino da Fiore (herejía trinitaria); organización de la inquisición; obligación de la confesión y la comunión pascuales; numerosos decretos de reformas concernientes a la jerarquía y, en particular, al ministerio pastoral…medidas vejatorias contra los judíos.[2]Pero también se adoptaron medidas políticas en este Concilio de Letrán: transferencias del condado de Tolouse a Simón de Montfort, condena de los rebeldes ingleses contra Juan Sin Tierra, etc. Estas medidas llevaron al papado a un terreno peligroso: el de las luchas puramente políticas, que a la larga conducirían al gran Cisma. A este respecto, la elección de Lyon para la celebración de los concilios siguientes es muy reveladora.[3]
[1] En el II Concilio de Letrán se había prohibido absolutamente el matrimonio de clérigos investidos de las órdenes mayores.
“En el concilio III de Letrán (1179) —que también puso los cimientos de la Inquisición— el papa Alejandro III forzó una interpretación restringida del canon sexto de Calcedonia y cambió el original titulus ecclesiae —nadie puede ser ordenado si no es para una Iglesia concreta que así lo demande previamente— por el beneficium —nadie puede ser ordenado sin un beneficio (salario gestionado por la propia Iglesia) que garantice su sustento—. Con este paso, la Iglesia católica traicionó absolutamente el Evangelio y, al priorizar los criterios económicos y jurídicos sobre los teológicos, daba el paso decisivo para asegurarse la exclusividad en el nombramiento, formación y control del clero.”
[2] “Poco después, en el concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III cerró el círculo al decretar que la eucaristía ya no podía ser celebrada por nadie que no fuese «un sacerdote válida y lícitamente ordenado». Habían nacido así los exclusivistas de lo sacro, y eso incidió muy negativamente en la mentalidad eclesial futura que, entre otros despropósitos, cosificó la eucaristía —despojándola de su verdadero sentido simbólico y comunitario, reduciendo a los fieles a ser meros espectadores y consumidores de un acto ritual que les resultaba ajeno— y añadió al sacerdocio una enfermiza —aunque muy útil para el control social— potestad sacro-mágica, que sirvió para enquistar hasta hoy su dominio abusivo sobre las masas de creyentes inmaduros y/o incultos. Otra consecuencia fue que el clero se llenó de vagos deseosos de vivir sin trabajar —ya que eran mantenidos y no debían ganarse el sustento por ellos mismos como había hecho la gran mayoría de los sacerdotes anteriores— que abocaron a la Iglesia hasta la etapa de corrupción sin igual de los siglos XIV y XV, desencadenante de la Reforma protestante liderada por Lutero.”
Esta cita textual y la anterior fueron tomadas de: Rodríguez José, Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica, Ediciones B.S.A., 1997, Barcelona.
[3] Gran Larousse Universal. Editorial Plaza & Janés, Barcelona 1998
1 comentarios, comments:
concreto y sencillo, deberian agregar parrafos del decreto para contrastar algunas versiones
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