Era la Oncena tarde del mes más tempestuoso de los mares,
Y también el tercero de los días que, según la leyenda,
Fijó como postrero Colón , repleta el alma de pesares,
Para de un nuevo mundo hacer al viejo soberana ofrenda.
Dentro de pocas horas, será tal vez preciso que se ordene
Cambio de derrotero en pos del patrio y ya remoto suelo;
Y después no habrá fuerza,
Ni halago, ruego o tentación que enfrene
De aquella turba ciega de despechados el furioso anhelo.
No obstante haber señales de hallarse cerca el entrevisto mundo,
La duda sobrevive, y hasta Colón vagos temores siente,
Porque de barro el hombre –por su corteza corporal- oriundo,
A veces, aunque genio, su grandeza interior flaco desmiente.
En la brújula observa rara declinación que no se explica,
Y aunque de extrañas aves puede ser la presencia claro indicio
De próxima victoria, el retardo lo inquieta y mortifica
Sospechando sea vano aquel agüero, al parecer, propicio.
Piensa a la vez contrito en cuanto él exigió de torpe paga:
Títulos, mando, honores, y riquezas también; y a Dios le pide
Que, ejerciendo justicia, el pacto horrendo sin piedad deshaga
Pues quizás en castigo a tal codicia, Aquel su triunfo impide.
Y también piensa entonces, con pecho hinchado, en tantas maravillas
De la incógnita tierra que para siempre quedará veladas;
Y ya escucha en su oído, de los sabios y necios las hablillas,
Si regresan las naves sin sus grandes visiones realizadas.
Y en La Rábida piensa, en donde fue acogido y confortado,
Y halló eficaz ayuda para ser de la Reina protegido…
¿Cómo al noble Juan Pérez persuadirá de que no fue engañado?...
Y ¡qué dolor tremendo no ser ya más de tal varón creído!
Y sobre todo, piensa en el futuro eterno de esas gentes
Que supone paganas y quedarán a la verdad perdidas,
Y en su ojos azules asoman gotas de diáfanas ardientes
De lágrimas del alma que tuvo hasta ese instante comprimidas.
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El sol se hunde en Ocaso…la noche viene y rápida corriente
Alborotada, al cabo, colma en todo su anhelo la esperanza,
Porque el mar en las costas casi semeja bramador torrente;
Y cada carabela, lista aunque lenta, a su destino avanza.
Colón invita a todos en círculo a rezar puestos de hinojos
La salve acostumbrada en tantas noches de viajar osado,
Y luego, el alma henchida de santa unción y libre ya de enojos,
Permanece unas horas por la interna emoción transfigurado.
La redondez del globo no es más de Salamanca vano tema,
Ni la razón del genio, de una excitada mente enfermo aborto,
Quien la lógica olvida es quien de ley de la creación blasfema
Sopor torpe malicia sino acusando entendimiento corto.
Noche grande era aquella, noche monumental, maravillosa,
Por Dios predestinada para sacar a luz de inmensa vida
La concepción gigante que tuvo por nodriza cariñosa
A una mujer heroica con óleo de realeza ungida.
Pocas veces los trópicos mostraron en su cielo de zafiro
Un azul más profundo, ni tampoco más número de estrellas,
Ni de esplendor más limpio, ni de la Cruz del Sur el raudo giro
Dejó en el éter puro por tanto tiempo centellar sus huellas.
Los soles de equinoccio que generan borrascas y diluvios
A su saña dan treguas, el épico designio respetando,
Y antes bien se perciben de los vientos alisios los efluvios
Que han venido las lonas con benigna cadencia redondeando.
Bandadas de delfines, nuncios de tiempo favorable, hicieron
A las tres carabelas con frecuencia animada compañía.
Y algunos marineros aseguraban que a distancia oyeron,
Acaso sirenas, voces de incomparable melodía.
Pocas veces octubre tuvo ocaso tan rico de arreboles…
Ni el silencio más hondo en que domina de conciencia el grito.
Nunca reinó en el curso de la incansable sucesión de soles
Como en aquella tarde, que es ya roto eslabón de lo infinito.
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Inmóviles ya casi están las naves como en casta espera;
Y la mar, que discreta en su seno guardó el glorioso arcano,
Parece que sonríe dando a las ondas represión severa,
Cuando en los nautas mira colgando el pecho el signo del cristiano.
A un grumete –Triana- encomendó Colón la vigilancia
En el mástil más alto de la más avanzada carabela,
Pues su larga experiencia le hace ver era corta la distancia,
Y el momento llegado en que es ley de salud asidua vela.
Ninguno de la chusma, sino solo unos pocos, comprendía
Cada cual ideando, feliz o adverso, el fin de aquella historia.
Entretanto Triana sin pestañear su vista dilataba










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