En lo que tradicionalmente se llama «conocimiento» pueden distinguirse dos aspectos: el acto de conocer y el contenido de este acto, es decir, lo que se conoce, por lo común expresado proposicionalmente. Cabe poner de relieve esta distinción, y evitar así algunas confusiones, recurriendo a los nombres 'conoce' y 'conocimiento' respectivamente. Ambos forman parte del mundo, o de «lo que hay» -el conocer, en la medida en que es un acto, o serie de actos, llevados a cabo por algún agente; y el conocimiento, en tanto que es lo que luego se considerará como una objetivación, o serie de objetivaciones, es decir, como un objeto cultural. Pero conviene tratarlos aparte en virtud de las funciones especiales que ejercen; al fin y al cabo, puesto que nos interesa «lo que hay» ha de interesarnos asimismo si, y cómo, se puede conocer.
Empecemos por el conocer y consideremos el ejemplo más accesible de realidad cognoscente -el sujeto humano. Lo que éste «hace» es, por lo pronto, vivir, que primariamente consiste en «estar en el mundo».
El sujeto humano está en el mundo de diversos modos: ocupando un espacio, o sucesivamente varios espacios; persistiendo en el tiempo como «el mismo» sujeto; siendo parte de un conjunto y, sobre todo, funcionando como un elemento activo del mismo: adaptándose a un medio hostil, o favorable, o indiferente; percibiendo objetos y sus cualidades, manipulándolos, transformándolos; relacionándose con otros sujetos de muchas maneras, personal, interpersonal y socialmente; en suma, haciendo toda clase de cosas: mandando, protestando, rogando, deliberando, creyendo, pensando, dibujando, etc., etc. De todos estos, y otros muy diversos modos, de comportarse el sujeto humano, uno es el que se llama «conocer», o «tratar de conocer».
Destacar una operación, o un conjunto de operaciones, humanas no implica suponer que se ejecuten aisladamente. Conocer no es una excepción. No constituye una operación netamente desgajada de otras. Para empezar, el acto de conocer tiene lugar en condiciones concretas: presupone sujetos reales -sea de «carne y hueso», sea de cualesquiera otros «materiales» organizados en forma apropiada- en situaciones reales. En el caso de los seres humanos, estas situaciones implican el estar en un mundo natural, con todas las compulsiones biológicas del caso, y el vivir con otros semejantes dentro de estructuras sociales, marcos culturales y niveles históricos. Se ha hablado a este respecto del carácter «situacional» del conocer.
Esta concepción del conocer se parece en varios puntos -salvo en lo que toca al reconocimiento de las aludidas compulsiones naturales o biológicas a la aportada por algunos filósofos que han tratado de «superar» tanto el idealismo como el realismo, disolviendo de paso el llamado «problema del mundo externo», que se convierte entonces en un pseudo problema. Pero aunque haya cierto parecido entre ambas concepciones, hay asimismo diferencias apreciables.
Según los filósofos de referencia, 'mundo' no designa un complejo de realidades, o cosas, frente al cual se yergue un sujeto cognoscente. No es, pues, un conjunto de cosas, o de realidades, dentro del cual se halle una entidad más o menos privilegiada cuya función primaria sea representarlo y reflejarlo, esto es, conocerlo. 'Mundo', en suma, no designa ni un objeto contrapuesto al sujeto ni algo que contenga, por así decirlo, sujetos; es más bien una dimensión de una realidad pretendidamente más básica llamada de varios modos -Dasein (Heidegger), «mi vida», «mi vivir», «nuestra vida» (Ortega y Gasset), el «Para-sí» (Sartre)- y entendida primariamente como un «estar», normalmente, aunque no necesariamente, ejemplificado por el «estar humano». No hay, pues, mundo externo (objeto) en contraste, y a la vez en relación con, un mundo interno (sujeto). El mundo no está en el sujeto, pero no está tampoco fuera de él: sujeto, vida humana, existencia, «conciencia», etc., son, al igual que el «mundo», aspectos o dimensiones de una situación primaria y supuestamente más «radical».
Estas ideas chocan con varias dificultades. Para empezar, al suponerse que el «estar» de que se habla es un «estar en el mundo», se incluye ya el mundo en semejante «estar». La cuestión no se resuelve con un artificio lingüístico, o con lo que se quiere dar a entender con él cuando se distribuyen a profusión guiones del tipo de los inscritos en la expresión 'estar-en-el-mundo'. Pero supongamos que los guiones, o lo que tratan de dar a entender, despejen la cuestión o que, en todo caso, la noción de «estar-en-el-mundo» sea realmente básica, de modo que no quepa empezar con nada previo a ella. Los obstáculos que de este modo se vencen desembocan inmediatamente en varios callejones sin salida.
Si se mantiene, por ejemplo, que el susodicho «estar-en-el-mundo» no es un hecho, por básico y radical que se imagine, y no es, por tanto, comprobable o falsable -ya que todos los hechos, y sus correspondientes comprobaciones y falsaciones aparecen dentro del horizonte del «estar-en el mundo »- nos encontraremos ante una de esas doctrinas que no hay modo de refutar porque inclusive su refutación presupone, o inclusive es exhibida como prueba de, su verdad: para rechazar la doctrina lo primero que hay que hacer es abrazarla. Esta característica basta para hacer sospechosa toda doctrina de esta índole.
Si se mantiene congruentemente que el «estar-en-el-mundo» no es, propiamente hablando, una realidad, sino algo así como «el horizonte (marco) de todas las realidades», será legítimo preguntar en qué consiste semejante «horizonte (o marco)». Si no es una realidad, lo más razonable será abstenerse de hablar de ella. Si lo es, será parte de «lo que hay». Es, por lo demás, lo que ocurre. Aunque el horizonte de referencia fuese entendido como la condición que hace posible hablar de todas las realidades, esta condición no estaría fuera de ellas.
Las nociones del Dasein, del «estar-en-el-mundo», o de «la vida humana» en cuanto «realidad radical» en la cual todas las demás realidades se hallan «radicadas», etc., tienen el mérito de no ser meras reformulaciones más o menos sutiles de una posición idealista y dos méritos suplementarios: el de no caer en la trampa de un realismo ingenuo y el de poner de relieve que el llamado «sujeto» no es una pura actividad cognoscente, ya que el conocer es una de las formas del trato con el mundo. Por desgracia, ninguna de ellas logra engranar con explicaciones concretas del proceso de conocimiento -por ejemplo, y eminentemente, de las explicaciones proporcionadas por el de conocimiento científico-. No se trata de que no permitan dar cuenta cabal de la naturaleza de tales explicaciones -esto no lo hace probablemente ninguna teoría epistemológica-, sino simplemente de que no son congruentes con ellas.
Al sostener que el «estar-en-el-mundo», el «vivir humano», etc., forman parte de «lo que hay» no sugiero, sin embargo, que haya que partir de lo que hay, o del mundo, como bases a la vez epistemológicas y ontológicas. Como se vio, lo que hay, o el mundo, no es algo de que se parta; es simplemente aquello dentro de lo cual pueden tener lugar cualesquiera puntos de partida. Con ello se vuelve a rechazar la propia idea de punto de partida y la noción de «fundamento radical» de un tipo de realidad en otra.
Que el conocer sea un proceso real, pocos filósofos lo han puesto en duda. Aun los más propensos a subrayar el carácter «puramente intelectual» del conocimiento tienen que reconocer que las operaciones intelectuales son ejecutadas por seres cognoscentes efectivos. Por mucho que se insista en que –en términos tradicionales- la conciencia determina la realidad «en cuanto objeto de conocimiento» o -en términos más modernos- que «los hechos están cargados de teoría» o que la estructura del conocimiento no es «real», sino conceptual, lingüística, categorial, «trascendental», etc., resulta difícil negar que esta estructura se halla siempre organizada dentro de determinadas y muy concretas «situaciones cognoscitivas». El conocer es, por consiguiente, un proceso real.[1]
Véase también: Método científico, hipótesis, hermenéutica.
[1] Tomado de Ferrater Mora José. Fundamentos de Filosofía. Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1985. Capítulo Once.










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