30/06/09

Carlos V en Yuste

El retiro de Carlos V desde su rutilante faceta de Emperador hasta el monasterio de Yuste ha desatado cualquier cantidad de habladurías.
Me parece que el Emperador, cansado de tantas guerras y componendas burocráticas, negociaciones políticas y religiosas, estaba muy tenso y enfermo todo el tiempo. De lo que no hay duda es que el catalizador de su decisión de aislarse del mundo durante sus últimos años, fue la muerte de su amadísima esposa Isabel de Portugal. Durante la agonía de ella, Carlos V, no comía y pasó horas en la capilla rezando por ella, aguardando el milagro que los médicos, con la ciencia de su tiempo, no lograron. La emperatriz fallece a los 37 años y, luego de los honores solemnes propios de su rango, es enviada a Granada para ser enterrada junto a los reyes católicos y de Felipe el hermoso, padre de Carlos. El emperador decide no ir, esta clase de encuentros con la muerte privada, era algo superior al tener que enfrentar la muerte de guerreros en combate. Su desgarramiento le hizo llorar la pérdida de su amada, en un monasterio cerca de Toledo; a partir de ahora su existencia cambiaría para siempre. La melancolía, el pesimismo y la tristeza hallarían morada en su alma, oscura y desolada. Fue su hijo, Felipe II, un mozalbete de 12 años quien acompañaría los restos mortales de su madre hasta su postrer morada.
En tanto, Carlos V, estuvo recluido en franca meditación y nostalgia durante semanas; luego, decide visitar a su madre Juana la loca, en Tordesillas. Ella le comprendía en su dolor pues había experimentado algo semejante. Luego de esta necesaria visita, mandó realizar un retrato de su fallecida esposa, labor que le encomendó al pintor Tiziano Vecellio. Ahora su morada era en cualquier parte, no tenía ciudad fija donde residir.
Pasaban los meses. En el transcurso de las reuniones de la dieta de Ratisbona, donde volverían a fracasar sus intentos de reconciliación entre católicos y protestantes, conoce a un hermosa mujer, Barbara Blomberg, que poseía no solo juventud y belleza sino que además complace al monarca. De esta ocasional amante queda un hijo natural, Jeromín, el futuro Juan de Austria. Del futuro de esta fugaz novia, se encarga Carlos V, quien le buscó esposo entre los segundones de la corte.

Pasaba el tiempo. Fallece Enrique VIII, el 28 de enero de 1547. Carlos V siente que el perder al último de sus dos grandes antagonistas (el otro era Francisco I), ya era hora de gozar de un tranquilo retiro. Legaría el imperio (excepto el mando de Alemania) a su hijo Felipe II, no sin antes recomendarle que no fuera a renunciar al ducado de Borgoña y que continuara la labor de unificación cristiana. Pero ojo, el que Enrique VIII hubiera muerto significaba que Maria Tudor, llamada la católica, su prima y antigua prometida, la hija de Catalina de Aragón, podía ascender al trono. Carlos V urdió el matrimonio entre Felipe II y su prima, aun cuando ya se estaban haciendo gestiones para la boda de este con una infanta portuguesa, hermana de su primera esposa. Hubo pues, boda; no obstante dos años después fallecería la reina Maria, para tristeza del Emperador Carlos V.
Pero la gota que colmó el vaso, el acontecimiento que terminó por decidir su retiro, fue la muerte de doña Juana.
Por eso en 1556 abdicó y regresa a España. el lugar escogido para su retiro seria el monasterio de Yuste. ¿Y eso donde quedaba? Yuste quedaba ubicado en la sierra de Gredos, al norte de Extremadura, a la vera del rio Tietar, cerca a la aldea de Cuacos de Yuste. Era un monasterio de los padres jerónimos. Dejaba a su servicio un limitado número de personas: dos médicos y dos barberos, un cocinero, un panadero y unos pocos criados.
Fue en Yuste donde convocó a su hijo Jeromín, para conocerlo personalmente y le hizo construir un vivienda flamenca en las cercanías. Así mismo mandó hacer un estanque de buen tamaño al pie de su ventana.
Carlos V moriría el 21 de septiembre de 1558, víctima de la fiebre amarilla, inducida por mosquitos infectados del estanque.

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